Este hermoso pregón lo dio Félix J. Machuca (periodista en ABC y sevillista hasta la médula)
el pasado viernes en la entrega de premios que anualmente realiza la Tertulia José Ramón Cisneros.
Félix, fue uno de los premiados.
La anécdota es conocida. Y la protagonizó ese excelente pequeño gran
actor italoamericano llamado Dani de Vito. Paseaba en taxi por
Madrid y los ojos del actor se agrandaban por momentos. La capital
de España estaba llena de calicatas, zanjas, boquetes y algún que
otro cráter sobre el asfalto de tal manera que su visión resultaba,
explícitamente, estremecedora. Aseguran que, conmovido por tan
brutal nivel de movimiento de tierra, de Vito le dijo al taxista:
-El día que encontréis el tesoro Madrid será la capital más bonita
del mundo…
Nosotros, los sevillistas, la cal pura de esta ciudad que también
coquetea con el verde clorofila, nos hemos llevado más de cincuenta
años buscando nuestro tesoro particular. Eso no lo sabe De Vito.
Pero yo se lo digo. O se lo cuenta mi padre, que en gloria esté. O
mi abuelo, que no es que esté en la gloria. Sino que creo que tiene
más trienios celestiales que el primer portero del Vaticano. O
cualquiera de nosotros. Cualquiera de los que estamos aquí podemos
decirle a Dani de Vito lo trabajoso, duro y a veces, amargo, que nos
ha sido encontrar el tesoro. Y que cuando lo encontramos fue como
encontrarnos a nosotros mismos. En aquel tesoro iba el mapa de
nuestra identidad. Más aún: el itinerario de nuestra felicidad. Los
sevillistas no sabemos lo afortunado que somos. Porque nadie, tan
sólo los escogidos, tienen la fórmula para ser felices. Y el mapa en
eso no mentía. Venía escrito con las letras de nuestras lenguas
antiguas. Para que lo entendiéramos todos. El arcano decía: “y por
eso hoy vengo a verte, sevillista seré hasta la muerte…”
Les decía, hermanos, que al final encontramos el tesoro. Cinco
cofres, como cinco amaneceres. Cinco benditos cofres repletos de
copas plateadas y coronas de laureles para que a la paella de la
celebración no le faltara de ná. Cinco cofres como en su vida no
pudo soñar John Silver. Cinco cofres en menos de dos años que nos
han devuelto el derecho a soñar y a vivir intensamente. Cinco cofres
que estaban enterrados en el desierto de nuestra existencia. Los
sevillistas sabemos de desierto más que un congreso de beduinos. ¿A
nosotros nos van a hablar de desiertos? ¿A un sevillista le van a
preguntar lo que es el Sáhara? Eso es lo mismo que preguntarle a la
niña del Exorcista:
-Niña, ¿tú te hablas con el demonio?
A mi padre le oí hablar del vergel futbolístico de Arza, Pepillo,
Raimundo y Campanal. Pero sólo pude hacer eso: oírlo. Con veneración
de adepto y de hijo. Sin embargo me llevé toda una vida, tan
desgarrada como un bolero, esperando ver a otros arzas, pepillos,
raimundos y campanales que nos devolvieran al oasis del triunfo que
nuestros padres habían disfrutado. Nada. Cero cartón. Honor y
cenizas.
Mucho honor. Y de cenizas más que el suelo de la sala de espera de
un paritorio. Desierto y más desierto. Tragué tanta arena como el
mariscal Rommel. Y tanto polvo como el que dicen que entró el otro
día en el AVE que la ministra de Fomento ponía a prueba hasta
Valladolid.
Sí, amigos, hemos tragado demasiado desierto hasta llegar al sueño.
Y el sueño venía en el tesoro que ganó el sevillismo después de
tantos años de espera, fe y convicción. En tantos años de estar a
las duras. En tantos años siendo fiel al corazón blanco y rojo del
Pizjuán.
Leales.
Hemos escrito una de las páginas más hermosas sobre la lealtad que
el deporte haya podido imaginar. Cuando el sueño se hizo realidad
vimos cosas nuevas en una ciudad que no experimentaba emociones tan
intensas en la calle desde que los galeones de América hacían
repicar las campanas de la Giralda para saludar el oro y la caoba
americana que llegaban a nuestro puerto. Vimos entonces el sueño de
un barco por el río repleto de héroes, un balcón prometiendo que lo
mejor está por llegar y una multitud de gentes con banderas
centenarias y lágrimas de orgullo en los ojos celebrando la suerte
de ser y sentirse sevillistas. El desierto ya era historia. Ahora,
de arena, la justita y para la playa. ¿Vale?
Si Madrid se convertiría en la ciudad más bonita del mundo cuando le
taparan tantos agujeros, según de Vito, yo les aseguro que no he
visto a Sevilla más hermosa que en estos dos últimos años donde nos
convertimos en la fábrica de la felicidad. En la fábrica de los
sueños como diría mi amigo Jesús Alvarado. Y fuimos felices con
nuestros logros, metas y sanas ambiciones. Sin tener que acordarnos
de nada ni de nadie. Ni de asandías de Los Palacios ni de lo acolasá
que está la Palmera. Fuimos inmensamente felices pensando en blanco.
Pero no sé, hermanos, si a vosotros os pasaba lo mismo. A mi tanta
felicidad me daba miedo. Me acojonaba. Me sentía abrumado por la
miel del momento y el vino de rosas que escanciaba la viña de
Nervión. ¿Es justo ser tan feliz?, me preguntaba saltando de triunfo
en triunfo. Luego, tras la cortina del tiempo, entreví las sombras y
las lágrimas.
Cuando el verano aún apretaba, una Puerta divina se nos cerró para
siempre. Y aquel portazo inesperado, brutal y seco nos derrotó, nos
bajó del caballo para que, con el pie en tierra, supiéramos que las
glorias del mundo son pasajeras y tan fugaces como un abrir y cerrar
de ojos. Velas, flores, frases, fotos…Y el cielo. Todos mirando al
cielo para ver si por su lateral se aparecía aquel diamante de
Nervión para demostrarle al mundo que él jugaba al fútbol como andan
los costaleros de San Gonzalo: con la izquierda por delante. Y fue
el llanto y el dolor de un navajazo por sorpresa el que nos tumbó
por un tiempo. Y cuando recogimos fuerzas con la boca por el suelo,
el vecino de don Quijote, dice que se va a Londres, no a abortar
nada, sino a parir un equipo con mucho dinero. Joé con el verano.
Menos mal que Chanquete hacia ya varios años que se había muerto. De
lo contrario era para cortarse las venas…
Pero no nos cortamos las venas, sino que nos las hemos dejado
largas. Tan largas como la sangre roja que nuestra pasión nos exige
para atender las emociones de un corazón que es un escudo. Y fue
entonces cuando comprendimos que no somos grandes por haber
encontrado el tesoro que el desierto nos negó durante tantos años.
Sino que somos grandes, muy grandes, porque decidimos, aún sintiendo
el pellizco en el alma, dejar de llorar. Y que ya era tiempo de
levantarnos. Ahí, en esa casta, en ese orgullo, en esa fe en
nuestras cosas, fue donde el Sevilla y el sevillismo acabaron
ganando el título más grande conseguido hasta la fecha. El titulo de
querer seguir viviendo y luchando. Pese al dolor. Hasta superarlo
para volver a reír con más ganas que nunca. Buscando ser fieles a
nosotros mismos y a ese mapa de la felicidad que venía en el cofre
del tesoro. Tras ese parapeto no hay agosto negro que pueda con
nosotros.
Me ha tocado hablar en nombre de otros hermanos sevillistas. Y lo
hago, creo, que ayudándome de lo que mejor puede unirnos: la emoción
y la pasión.
Por eso, Pablo Blanco y Andrés Palop, os felicito porque todos os
consideramos futbolistas ejemplares y ejemplares personas; por eso,
Joaquín Medina García de la Vega y Manuel Vizcaíno Vizcaíno, me
llena de orgullo vuestro nombramiento como sevillistas ejemplares;
por eso, Antonio Puerta del Cielo, aplaudo esta placa a tu memoria
con la misma fuerza o más que aplaudí aquella noche de Feria que nos
llevaste directamente a la UEFA; por eso, Pastora Soler, yo que no
canto ni bingo, soy capaz de arrancarme por bulerías para engloriar
esa placa que tan merecida tienes; por eso, César Cadaval, Moranco
de mis trancas, soy un océano de alegría celebrando tu placa, que
eres tan blanco, tan blanco, que yo sé muy bien lo malamente que lo
pasas al sol y lo rico que has puesto al tío de la Nivea; y por eso,
Carlos Cano, esta noche se va contigo en la dedicatoria de esa
placa, que te reconoce y distingue entre todo el sevillismo.
Felicidades a todos. Somos grandes, amigos, hermanos. Somos muy
grandes. Y nos queda aún por saltar de alegría más que a Gasols y
Garbajosa en un concurso de mates.
No os invito, al final de estas palabras, a la obviedad de gritar
¡viva el Sevilla!
Pero si quiero que os digáis para vuestros adentros “vivo el
Sevilla”. Muchas veces. Hasta que se enteren los que, con tanto
gusto, se ilusionan en darnos por liquidados tras las rebajas de
agosto.
Vivo el Sevilla. Vivo el Sevilla. Vivo el Sevilla. Per secula,
seculorum…